Nuestra actitud frente al ser y al deber ser

Cualquier persona sana que preste tantita atención al tipo de sociedad que nos rodea, identificará la serie de incongruencias y paradojas que, en buena medida, podrían explicar qué tipo de comunidad y de país tenemos. No pretendo, en esta reflexión, abordar nuestra sobre-diagnosticada dualidad moral, pero sin duda urge nos cuestionemos cómo procesamos nuestra actitud frente al ser y al deber ser. Nuestra sociedad, en el papel, distingue muy bien lo correcto de lo incorrecto; con mucho orgullo se habla de “los valores de la familia mexicana”, etc. Sin embargo, percibo una mayor atracción por la cultura de lo ilegal, de lo fácil. Al que antes sólo se le identificaba como pillo, ahora se le aplaude y otorga reconocimiento por ser “muy vivo”. En un escenario tan adverso y tan desgastado como el que atravesamos como comunidad, vemos, por ejemplo, la adulación que reciben muchos políticos (cuando quizá lo que deberían de recibir son órdenes de aprehensión). Como que nos apantallamos muy fácilmente con el oropel, con las fantasías y con los espejismos, sin entender lo efímero y la corta fecha de caducidad de los mismos. Una vez más: la escala de muchos de nuestros valores y aspiraciones está invertida. Un ejercicio auténtico de autorreflexión podría quizá acercarnos a convertirnos no sólo en una sociedad más madura, sino en una más justa y más digna.

Tenga, amable lector, muy en cuenta las anteriores premisas, por el caso que a continuación desarrollaré. Para mí, una de las funciones más honrosas que puede desempeñar una persona es la del servicio público. Por lo general, este concepto está vinculado al trabajo en aparatos burocráticos (y por ende, está un tanto desprestigiado en la actualidad), pero el dedicarse a servirle a los demás opera de muchos frentes y en esta reflexión me ocupa el caso de un sacerdote hermosillense. La indignación que generó en mí su caso me lleva hoy a compartirlo, pues seguramente no es el único, y es una muestra muy sintomática de cómo es nuestra sociedad actual.

Antes de responder a su llamado religioso, este señor estaba cursando la licenciatura en Derecho en la UNISON. Era parte de una generación que al día de hoy sigue siendo ubicada como una de las mejores… y él fue uno de sus mejores estudiantes. Por su férrea disciplina (y por el don de la inteligencia), seguramente hubiera llegado a ser un excelente jurista. Tras recibirse de abogado, ingresó al seminario local y al ser un elemento destacado, fue enviado a Roma para seguir especializándose en su labor eclesiástica. Al cumplir ese ciclo, por la década de los setentas, regresó a Hermosillo y fue puesto a la cabeza del seminario. Su prestigio como un hombre intachable y riguroso era bien conocido. Era -y sigue siendo- el estereotipo del sacerdote que uno desearía tener como consejero, en las buenas y en las malas. Alguna vez le pregunté a mi padre (con quien estudió en la universidad) por qué este hombre, tan preparado y con esa estatura ética no había ocupado los altos rangos de la jerarquía eclesiástica, por lo menos la local. “Es por su vocación de servicio”, me respondió. Este hombre se dedicó -hasta la fecha- a estar en la comunidad que se le asignara y a atender a la gente con más necesidades. Hoy, cerca de los ochenta años de edad, sigue oficiando misa, en una humilde congregación, quien fácilmente hubiera podido ser cardenal. En condiciones muy modestas de vida, no tiene ningún tipo de apoyo. Y una vez que se retire, este hombre, que por sus propias normas morales no se dedicó a formar patrimonio (de ningún tipo), estará en condiciones muy vulnerables. Su vida humana y sacerdotal, a estas alturas, es una reserva moral e intelectual de la más alta calidad, no solamente para el clero sino para el país y para Sonora. Yo tengo la preocupación que un personaje de esta estatura se quede a la deriva.

En medio de denuncias penales por encubrimiento a pederastas que hoy ensombrecen (aún más) a las cúpulas católicas en México, lo que hoy expongo es diametralmente opuesto: estamos ante disciplina, ante sacrifico franciscano, y ante servicio público. Pero creo que los principales elementos mediante los cuales obra Dios, no son los actos fantasiosos y mágicos, sino la propia obra de los seres humanos. Este sacerdote le ha servido a miles y miles de personas a lo largo de su vida y puedo entender que la estructura a la cual pertenece no entienda el gran valor que él representa… pero esperaría que los feligreses tengan más gratitud. Una sociedad incapaz de proteger a sus mejores elementos, seguirá encumbrando a la clase que hoy comenzamos a ver. Revirtamos esta inercia, aún es posible.

*Columna impresa en el periódico El Imparcial, el 11 de junio 2017.

Trato de actuar como pienso. Trabajo en el diseño y ejecución de políticas públicas. #CREAMOSMéxico

Love podcasts or audiobooks? Learn on the go with our new app.