Desde su creación hace un cuarto de siglo, la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) tiene por objeto formal, básicamente, el diseñar, coordinar y ejecutar las estrategias del Estad nacional encaminadas a sacar de la pobreza y del subdesarrollo a ese gran porcentaje de mexicanos. ¿Acaso no es raro que con tantos miles de millones de dólares invertidos desde entonces, sigamos teniendo tanta miseria?

Para muchos políticos y miembros de la clase empresarial que vivió un gran boom en los noventas, Carlos Salinas es “el político mexicano más astuto”. Es harina de otro costal (y de otra columna) calificar su presidencia, por los grandes claroscuros de la misma. Pero para los efectos de este texto, fue en ella cuando se creó la SEDESOL. Salinas venía de una elección que presuntamente vio ganar a Cuauhtémoc Cárdenas, por lo que el elemento de la ilegitimidad pesaba mucho sobre el nuevo mandatario. Sin embargo, a diferencia de otros ex presidentes que para ganar credibilidad se aventaron estrategias a lo loco y que costaron miles de vidas, Salinas y su equipo configuraron el Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL) como la vía legitimadora.

El programa se coció aparte de todos los demás: se hablaba de un gran pacto, en donde todos los niveles de la sociedad mexicana participaban y que iba encaminado a que las personas más necesitadas comenzaran a encontrarse con las avenidas que las sacaran de la miseria. Yo creo que si se lo preguntan, Salinas responderá que esa fue su obra maestra por la manera en la que se concibió, se ejecutó y los efectos políticos que trajo para él y para su equipo. Para ganar legitimidad (que no es otra cosa que ganar poder), lo primero que se hizo fue generar la percepción de incluir a los diferentes sectores. Esa palabra es clave: la inclusión. Con un muy eficiente equipo, Salinas sedujo a un buen número de intelectuales, líderes de opinión, y a miembros de la élite profesional y económica. No se le complicó tener consigo a los gremios de campesinos y trabajadores, puesto que esos liderazgos eran parte orgánica del PRI. Oficialmente, el programa únicamente funcionaría si cada una de las partes aportara recursos muy particulares que respectivamente poseían. Eso generó la noción de que todos estaban en el mismo barco y que éste avanzaba gracias a ellos. La jugada maestra consistió en que las riendas siempre las tuvo Salinas: la transformación de Solidaridad en SEDESOL hizo del presidente no sólo el último gran Tlatoani de la política mexicana, sino que se convirtió en el gran dador (de tierras, de servicios, de apoyos, de oportunidades, etc.) para la gente más pobre de México. El ex- mandatario borró de facto a los gobernadores y a los alcaldes: “gracias a la gracia del presidente las cosas estaban sucediendo”. Es por esto, que la cantidad de poder que alcanzó fue monumental. No es coincidencia que por ello ubicara a su creación política -Colosio- al timón de la secretaría; nuestro paisano habría de cosechar también de esa fuente de grandes réditos políticos. Sin embargo, llegó 1994 y bueno… ya todos conocemos la historia.

Desde el análisis político frío (que a veces duele), la estrategia de Salinas fue brillante con Solidaridad/Sedesol. Funcionó porque incluyó, como dije, vía los cientos y cientos de comités comunitarios donde la gente participó. Funcionó también porque eso -como se planeó en el diseño del programa- generó legitimidad y mucho, mucho poder. La clase política de ese momento -para muchos, más perversa, pero menos torpe que la actual- entendía la diferencia entre perseguir el poder y perseguir el dinero, sabiendo que lo segundo viene como simple añadidura de lo primero.

Sin embargo, el objetivo primordial de Solidaridad no fue sacar a los mexicanos de la pobreza, sino que fue asegurar el poder. Y, en el modelo político mexicano, sacar de la pobreza podría atentar directamente contra seguir teniendo el poder. El chiste es tener a la gente entrampada con las dádivas a cambio de los votos: el clientelismo.

Los cuatro sucesores de Salinas entendieron esto último. No es coincidencia que hoy tengamos el mismo porcentaje de pobres que en 1992. Sin embargo, con el paso de los años, la clase política ha disminuido en audacia, preparación e inteligencia, pero ha aumentado en su codicia económica, que es voraz. Por su poca monta, no entienden las dinámicas del poder y por ello se deslumbran sólo con el erario público que ordeñan. Y en este proceso, no sólo se ha mermado el desempeño de SEDESOL con respecto a sus objetivos formales, sino que se han despilfarrado y “perdido” cientos de miles de millones de pesos.

¿Y qué hacer? El próximo presidente, que elegiremos en 14 meses, curiosamente tendrá que regresar a la fórmula de la inclusión, pero sin espejismos y genuinamente ciudadana, para que todos los sectores pongan sobre la mesa -con el respaldo de la fuerza del Estado- lo que se necesite para generar oportunidades y progreso. Pero esto tienen que ser no con el objetivo de acumular poder ni de mantener a la gente pobre para manipularla, sino para sentar las bases de un nuevo México, donde se combata el gran problema de fondo que enfrentamos: la honda y obscena desigualdad.

*Artículo publicado en el periódico EL IMPARCIAL.

Trato de actuar como pienso. Trabajo en el diseño y ejecución de políticas públicas. #CREAMOSMéxico

Trato de actuar como pienso. Trabajo en el diseño y ejecución de políticas públicas. #CREAMOSMéxico